Cuando ver el cine era una experiencia…

Por: Antonio Piñón

Hace más de ciento veintiún años se llevó a cabo la primera proyección oficial en tierras nacionales. México fue el primer país en América en privilegiarse del invento. Intelectuales y gente importante de la época lograron presenciar algunos cortometrajes de los hermanos Lumiére, incluyendo la famosa escena del tren (Fue un 14 de agosto de 1896). El dúo francés envió dos emisarios para presentar el cinematógrafo al presidente Díaz y tanto fue el asombro de Don Porfirio que el resto es historia.  Hoy día, somos uno de los cinco mercados más importantes del orbe en consumo de obras fílmicas. A los mexicanos nos fascina la experiencia del cine y hemos edificado distintos templos para ello.

Hace más de ciento veintiún años se llevó a cabo la primera proyección oficial en tierras nacionales. México fue el primer país en América en privilegiarse del invento. Intelectuales y gente importante de la época lograron presenciar algunos cortometrajes de los hermanos Lumiére, incluyendo la famosa escena del tren (Fue un 14 de agosto de 1896). El dúo francés envió dos emisarios para presentar el cinematógrafo al presidente Díaz y tanto fue el asombro de Don Porfirio que el resto es historia.  Hoy día, somos uno de los cinco mercados más importantes del orbe en consumo de obras fílmicas. A los mexicanos nos fascina la experiencia del cine y hemos edificado distintos templos para ello.

Recientemente se anunció el cierre definitivo del Palacio Chino. La realidad es que el recinto ya vivía en estado vegetativo, suplicando eutanasia. Le desfiguraron la sonrisa, le robaron sus joyas, le amputaron la mitad del cuerpo y le quebraron la mano con la que, en antaño, recibía al visitante. Le enfermaron crónica y cruelmente. Visitar este cine en tiempos recientes era una doble tortura; una por la tristeza de recordar lo que fue y otra porque sencillamente ahí, no era una experiencia el disfrutar la función. Setenta y siete años. Descanse en paz.

El algún momento a alguien se le ocurrió cambiar la fisonomía de las salas de cine. No fue en este país. Nosotros sólo imitamos la fórmula. Poco a poco fuimos perdiendo cada refugio. Los mudaron a los centros comerciales, les multiplicaron las salas, anularon las matinés, desparecieron el concepto de permanencia voluntaria, inundaron el inicio de las películas de anuncios comerciales, nos robaron el Noticiero Continental (Sí, ese en el que salía un extraño surfista de magma), retiraron los emblemáticos helados de copa de plástico y mataron al intermedio que nos permitía acudir a la dulcería.

Cada desaparición de una sala de antaño duele. El lector deberá perdonarme que no pueda hacer mención de todas las que fueron y que tuvieron un significado especial. Sólo puedo citar las mías, las que viví, son mis personajes y tengo derecho de compartirlos.

Sean emblemas en la experiencia de un servidor el Cine Cosmos y su vecino cercano el Ópera. Del primero, recuerdo un reloj luminoso, rectangular, de Bancomer, cuando el logo era aún color verde-amarillo, en el costado inferior izquierdo de la proyección. Eran cines con tapanco, como teatros europeos, en los que la gente siempre guardaba un breve temor de que algún travieso del nivel superior arrojara algo.  Eran escenarios inmensos y los niños (yo entre ellos) corríamos a jugar debajo de la pantalla tratando de explicar el origen de las imágenes. En el Cinema La Raza existía una pendiente en la cual se podía rodar y brincar mientras se apagaban las luces y los padres nos llamaban apresurados para incorporarnos en el asiento. Recuerdo en la adolescencia haber arruinado el final de una película haciendo una seña obscena con la mano, obstruyendo la luz del proyector que estaba a baja distancia.

Muchos seguramente tendrán coraje al pasar y ver el cine Teresa convertido en un prostíbulo de rateros y piratas de teléfonos celulares. Muchos lo recuerdan como un sitio dedicado al cine XXX, sin embargo, durante muchos años tuvo un público familiar. Otros estarán deprimidos por el abandono del Orfeón. Triste también, que drenaran desde Juárez a Reforma sus múltiples salas: El Latino, El Chapultepec, El Alameda, el París, El Roble. Sobrevive en un tono gris el Diana. Mis respetos para este último y su volátil público.

Recuerdo el Cuitláhuac y sus pasillos cóncavos antes de llegar a la sala. Estaba el Clavería ya decrépito en los 80’s, rentado incluso para eventos escolares. Cerca de ahí yacía el cine de dos salas Azcapotzalco y más hacia el norte el Hollywood, uno de los ancestros de la actual cadena Cinépolis.

En su auge, uno de mis favoritos fue el cine Anzures, en donde pude presenciar el Imperio Contraataca y El Regreso del Jedi. Recuerdo que el proyector salía de la parte media de la sala y no en lo más alto, por encima de las butacas, como es acostumbrado.

El cine se diseñó como un pretexto para salir a la calle y completar la experiencia con diversos paseos. Por ello, muchos de estos estaban edificados frente a parques públicos, como lo fueron el Palacio y Majestic que hace tiempo acompañaban al Quiosco Morisco de la colonia Santa María La Ribera.

La zona Centro podía presumir de contar con varios complejos cerca entre sí, como el Real Cinema, el Arcadia, el Ciudadela, el Metropólitan (que hoy vive como una sala para conciertos). Aunque parezca increíble el Real Cinema (Hoy Cinemex Real) alguna vez fue un recinto de lujo y larga decoración. Sobrevive también el Bucareli, aunque también tiene los días contados mientras es testigo de las múltiples marchas y plantones.

Uno de los más recordados por los niños fue el Continental (que parecía un castillo de Disney). ¡Tantos lugares!: Bella Época, Ariel, Polanco, Satélite, Molino del Rey, Hipódromo, Rosas Pliego, Linterna Mágica, Estadio, México, Ermita, Manacar, Insurgentes, Mitla, Mariscala…¿Quién no recuerda también el Autocinema? Sin duda, una gran expedición que los esfuerzos actuales de revivir el concepto no han logrado imitar su nostalgia.

Existía en todos estos lugares una mística distinta a la actual. El ritual de hacer enormes filas, a veces de horas, a pie de calle valía la pena con tal de saludar al taquillero que nunca le conocimos la cara y al sr. de edad avanzada y su caja de cristal en la cual depositaba los mini-boletos para ingresar. Después, venían las alfombras, las columnas, candelabros y una espléndida dulcería que no ha repetido su lustre; se podían adquirir golosinas exclusivas, incluso las palomitas del cine sólo podían conseguirse ahí. Al salir, casi siempre había múltiples vendedores de juguetes y recuerdos de la película. Hoy, es un oficio extinto (Acaso creo haber visto uno de ellos afuera del Bucareli hace unos días).

Otro elemento que hemos perdido es el de los pósters. Aquellos que tenían fotos de algunas escenas acompañando el arte de alguna iconografía colorida del filme. Hoy, son objetos de colección y me confieso un buscador de los mismos. Casi a la par, también perdimos la simpatía de las carteleras en los diarios, que eran prácticamente la única fuente para consultarlas. Sin duda, incontables veces compramos el periódico sólo por esa razón. ¡Cómo han cambiado tanto nuestros hábitos!

La actualidad nos ha traído muchas novedades: Salas 4DX, IMAX, algunas que son temáticas para los niños, otras con servicio de comida, bebidas alcohólicas y asientos reclinables de piel. También proliferaron las escenas postcréditos, la posibilidad de ver los estrenos con mayor inmediatez, compra de boletos en línea, premieres de media noche, un mayor acceso a películas de todo el orbe, algunos recintos alternativos, más festivales, poder ver los avances desde un teléfono celular, incluso mucha creatividad en las campañas de promoción. Sin embargo, nada sustituye la experiencia que nos han quitado.

Seguramente muchos de ustedes recordaron muchos momentos alegres en esas salas que continúan esfumándose. Cuando cierran las puertas, remodelan, modernizan, algo de nosotros se queda ahí encerrado. Les agradezco que desde su lectura me hayan acompañado en este fugaz recorrido nostálgico.

 

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