Esta magnífica guitarrista tuvo su primer instrumento a los 12 años y aprendió a tocar escuchando y emulando a los grandes del blues. Pero, en los tiempos en que se decidió a entregarse en cuerpo y alma a la música, para una chica blanca, era más fácil comenzar desde el folk y en Boston. La oportunidad de grabar le llegó pronto y, nada más escucharla, la crítica se enamoró de la pelirroja del mechón canoso.

Ese primer disco, acústico y folkie, dio paso a otros en los que, cada vez más, se evidenciaba la fuerza que llevaba dentro. Su tercer disco “Takin my time”, de 1973, supuso el despegue de Bonnie que, en los años siguientes, grabó un álbum por año.

Después de atravesar un bache en el que el alcohol tuvo mucho que ver, Bonnie renació con el que quizá haya sido su mejor álbum “Nick of Time”. Con él logró varios grammys, entre ellos el de mejor álbum del año.

Fue el justo premio a una mujer combativa y generosa, siempre al pie del cañón apoyando cualquier causa justa: desde la defensa del medio ambiente a la ayuda a las viejas glorias del Rhythm & Blues a las que destina sumas generosas y a las que muestra su agradecimiento siempre que tiene oportunidad.

Otra característica de Bonnie es su generosidad a la hora de compartir estudio y escenario con quienes cree que lo merecen, más allá de intereses comerciales. David Crosby, John Hiatt, Charles Brown o María Muldaur pueden dar fe de ello.